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  • Adrián Rodríguez Alcocer

Sobre el Informe McCarrick

La publicación de un informe[1] sobre el conocimiento institucional y el proceso de toma de decisiones de la Santa Sede relacionados con el ex Cardenal Theodore McCarrick fue ciertamente sorprendente, sobre todo por la inusitada transparencia en este tipo de asuntos. Puede afirmarse que se trata de un hecho sin precedentes que permite arrojar luz sobre el funcionamiento interno del gobierno de la Iglesia universal y de la manera de manejar las acusaciones de conductas sexuales inadecuadas de un miembro de la jerarquía. El informe, además, viene de un contexto en el que un oficial importante de la Santa Sede, Mons. Vigano, ha hecho acusaciones severas en contra de varios prelados y del Sumo Pontífice e, incluso ha pedido su renuncia. El ex nuncio en Estados Unidos también se ha colocado como la única voz crítica que había advertido desde tiempo atrás de los problemas con McCarrick. Este contexto no puede obviarse, pues el informe también ha servido para refutar las acusaciones (a mi juicio con éxito) y más bien colocar a Vigano en la misma línea que el resto de la jerarquía. Sobre este punto vale la pena un comentario, que dejaremos para el final, pero no más.


Sería un error centrar la conversación sobre lo que el informe revela en las disputas ideológicas y políticas de la curia y no en sus implicaciones acerca del manejo de casos de abuso. En este perspectiva haremos algunas anotaciones reflexivas sencillas, sobre todo de cara a los procesos de denuncia e investigación de conductas abusivas por parte de clérigos como un ejercicio de aprendizaje, más que como un estudio formal o académico del informe.


1. El clericalismo. Definido en los términos del P. Daniel Portillo, dentro de las relaciones eclesiales, que tienen siempre un componente de asimetría jerárquica, el clericalismo “patológico” aparece cuando existe un ejercicio excesivo del poder de un superior a un subordinado, unido a una traición a la confianza.[2] En términos más simples, el clericalismo aparece cuando los clérigos (y a veces algunos laicos) son considerados como entes superiores, fuera de cualquier cuestionamiento, incapaces de cualquier mala conducta, y a los que se debe una obediencia ciega. Además, cuando no se trata ya de clérigos ordinarios, la incuestionabilidad se fortalece con cada escalón que se sube en la jerarquía y se refuerza por ese mismo hecho, como un argumento circular: el (cardenal, obispo, superior) es incapaz de hacer esto porque es (cardenal, obispo, superior), pues de lo contrario no lo sería. Llama la atención que ese es el tenor de muchos de los documentos reproducidos en el informe en el que diversos obispos y cardenales, al manifestar o reconocer la existencia de algunas acusaciones, ofrecen como prueba de descargo los éxitos y posición del entonces cardenal. El P. Sam Sawyer SJ lo explica en los siguientes términos: Lo que el cardinal Hickey –y el Cardenal O’Connor y el nuncio y muchos otros obispos que recibieron reports- parecían incapaces de imaginar es que McCarrick pudiera ser un eclesiástico devoto, talentoso y pastoralmente energético, y al mismo tiempo también ser culpable de abusar de personas vulnerables a su cuidado. Su éxito dentro del sistema de incentivos y valores clericales lo aisló de cualquier preocupación seria de que sus víctimas estuvieran diciendo la verdad de cómo los había lastimado.[3]


El clericalismo funcionó como el principal elemento de inmunidad ante las denuncias contra McCarrick. La noción de que “alguien de nosotros” no es capaz de hacer lo que lo acusan de hacer, hizo que la gran mayoría de las denuncias cayeran en saco roto y ni siquiera se siguieran los procedimientos marcados por la ley canónica.


2. Excesiva exigencia de pruebas. Otro elemento importante es la excesiva exigencia de pruebas al momento de recibir la denuncia. Pareciera como si, para poder siquiera cuestionar la probidad del ex cardenal, el denunciante debiera presentarse con toda una carpeta de pruebas irrefutables y aun así cabría duda. Esta exigencia de probar lo que se denuncia puede sonar razonable, pero se pierde de vista que la obligación de investigar y recabar pruebas es de la autoridad, por lo que al denunciante, sobre todo si es la propia víctima, no puede pedírsele que acredite más allá de toda duda razonable los hechos que refiere, sino que basta con que la denuncia sea creíble. Esto es especialmente importante en los casos de abuso, por la naturaleza oculta de esos delitos.


Aquí es importante detenernos en el punto de que muchas de las denuncias en contra de McCarrick (aunque no todas) eran anónimas, y que esto, a los ojos de los receptores, les restaba credibilidad. Incluso, algunos de los obispos entrevistados manifestaron tener una política de que, al recibir una denuncia anónima, se la hacían llegar al denunciado sin mayor trámite y muchas veces con una nota de aliento, como si todas las denuncias anónimas fueran falsas por ese solo hecho.


Es útil que, al día de hoy, la propia Congregación para la Doctrina de la Fe haya establecido en su Vademécum para tratar los casos de abuso a menores que la “noticia del delito”, es decir, aquella primera información que se recibe sobre un posible caso, puede incluso provenir de rumores o de publicaciones en redes sociales, pues las personas que han sobrevivido a un abuso sexual difícilmente se presentan a hacer una declaración formal, firmarla y ratificarla, especialmente por la asimetría de poder que todo abuso implica. Además, mientras más poder tiene el abusador, más difícil será que las personas que conocen los hechos se atrevan a denunciarlos o a ofrecer su testimonio. En el caso de McCarrick, las numerosas denuncias anónimas parecen haber sido hechas así por miedo a posibles represalias de alguien que gozaba y se jactaba de mucho poder y conexiones dentro y fuera de la Iglesia. De hecho, cuando las denuncias ya con nombre y apellido comenzaron a multiplicarse, fue una vez que el cardenal había sido sujeto de medidas cautelares y pudo crearse un ambiente de confianza para la denuncia.


3. “Si es mayor de edad no importa”. Las conductas sexuales inadecuadas por parte de clérigos pueden quedarse en el campo moral simplemente configurando pecados, o pasar al campo legal al configurar delitos. Entre los delitos “más graves” están aquellos que se cometen contra menores de edad o personas vulnerables. Sin embargo, del informe se aprecia una cierta noción de que todo acto sexual entre adultos (incluso entre sacerdotes, o con seminaristas) es consensuado y no constituye un delito. Esto es un error. El abuso contra menores es más grave por su naturaleza, pero todo abuso es terrible, y puede cometerse en contra de personas (hombres y mujeres) adultas. El abuso implica una relación asimétrica y la posibilidad de forzar a alguien a cometer o soportar actos en contra de su voluntad y comprende una enorme cantidad de conductas y tipologías. El abuso sexual es de los más graves, pero el abuso de conciencia, de confianza, el abuso psicológico y moral también deben tenerse en cuenta, sobre todo porque muchos de estos tipos de abuso suelen ser vehículos y/o predecesores del abuso físico o sexual. Una relación de carácter sexual entre un sacerdote y su obispo, o entre un obispo y un seminarista, un superior y un sujeto, deben examinarse cuidadosamente, sobre todo de cara a la libertad del consentimiento con la que participa el subordinado. Además, las conductas sexuales inadecuadas por parte de los clérigos, por más que no constituyan un delito, sí ponen en seria duda su capacidad para el ministerio ordenado y pueden ser causa de grave escándalo entre los fieles.


4. Preocupación por la reputación de la Iglesia por encima de la justicia y de las víctimas. Esto ha sido el mayor dolor emanado de la crisis de abusos sexuales destapada dentro de la Iglesia en años recientes, y una de las traiciones a la confianza de los fieles más dolorosa y sobre la que más se ha escrito. El “bien mayor” nunca podrá ser el buen nombre de la institución por encima del daño causado a una persona. La permanencia de la Iglesia la cuida Cristo, y de eso hizo una promesa explícita. A nosotros como miembros de la Iglesia, pero en especial a quienes la gobiernan, nos toca vivir el Evangelio y ser el “Buen Pastor” que da la vida por las ovejas y las cuida de los lobos y los ladrones.

5. Corrupción. En el informe hay elementos que apuntan a una posible red de complicidades entre McCarrick y otros prelados no directamente acusados, manifestada en la mayoría de los casos en forma de omisiones (en ocasiones graves), ya sea de denuncia o del emprendimiento de medidas tendientes a esclarecer la verdad y proteger a las posibles víctimas. La corrupción, que existe donde existe impunidad (en nuestro caso en la forma de clericalismo), puede encontrarse en toda institución humana, y no es ajena a la Iglesia. Un fruto de este informe sería la búsqueda de responsabilidades y la desarticulación de redes de complicidad que impiden que las denuncias sean conocidas por las autoridades legítimas y los procesos legales seguidos con puntualidad; así como el combate a la negligencia que en ocasiones se esconde en actos “bienintencionados”.


6. El ejercicio de transparencia que significa la realización y publicación del informe, además de ser un paso en el camino correcto, nos permite entrever también algunos remedios a las problemáticas que permitieron que el ex Cardenal McCarrick no sólo siguiera impune por muchos años, sino que escalara por la jerarquía de la Iglesia y mantuviera poder y privilegios. Al fin, del informe no puede apreciarse un solo culpable o una cadena de culpables que, maliciosamente, hayan encubierto las acciones de jerarca, sino más bien un clima y una cultura que hicieron al cardenal prácticamente inmune a cualquier denuncia en su contra (hasta que finalmente apareció una denuncia con nombre y referente al abuso a una persona menor de edad en 2017).


Para poder ofrecer una respuesta que verdaderamente sea efectiva para combatir todo tipo de abuso dentro de la Iglesia, es necesario deconstruir la cultura de clericalismo patológico y establecer mecanismos de transparencia y rendición de cuentas no sólo hacia el interior de la jerarquía, sino hacia todo el pueblo de Dios. Esta parece ser la tendencia de las modificaciones normativas emanadas de la Santa Sede en los últimos años, pero hace faltan reformas todavía más profundas que permitan construir estos mecanismos, y que requieren una mayor participación de los laicos en los proceso de prevención, atención de denuncias, investigación e incluso de judicialización de los casos. Idealmente, sería importante crear un marco institucional que permitiera la recepción e investigación de denuncias de forma independiente a las estructuras religiosas tradicionales, incluso con cierta autonomía del ordinario, al menos en lo que respecta al proceso de investigación. Los consejos de revisión y protección de menores, así como el empleo de investigadores externos laicos, parecen cumplir algunas de estas funciones y ciertamente han permitido mejorar la respuesta ofrecida a los casos de abuso tanto del presente como del pasado.


7. Por lo que respecta a los dichos de Mons. Vigano, desde que presentó sus acusaciones de encubrimiento en contra de importantes figuras de la Curia Romana y del mismo Papa Francisco, estas acusaciones estaban sustentadas únicamente en su palabra. Desde luego esto era más que suficiente para causar preocupación y para ameritar una investigación al respecto, que es parte de las funciones que el informe cumple. De acuerdo al informe, Mons. Vigano no solamente no cumplió con instrucciones expresas de investigar formalmente una serie de denuncias, lo que incluía (también expresamente) entrevistarse con la víctima y obtener una serie de documentos legales en los que constaban las acusaciones, y se limitó a entrevistar a un obispo para obtener su opinión al respecto. Él mismo ha salido a desmentir estas afirmaciones (aunque parece reconocer que su “investigación”, que dice haber realizado, no incluyó ni contactar a la víctima ni recuperar los documentos mencionados), pero más allá de una confrontación entre sus dichos y los de la Santa Sede, no hay que perder de vista que el Informe sí sustenta todas y cada una de las afirmaciones que hace con abundante documentación, además de desmentir de manera clara y contundente varias de las afirmaciones clave de las cartas de Mons. Vigano.


8. Como un último comentario, el Informe afirma que todo parece indicar que el nombramiento de McCarrick como Arzobispo de Washington provino directamente de San Juan Pablo II, quien tuvo conocimiento de las acusaciones que la Santa Sede había recibido hasta ese momento (todas anónimas). Lejos de emitir un juicio sobre un hombre de la talla del santo, el informe aventura una posible explicación acerca de por qué Juan Pablo II dio más crédito a la palabra de McCarrick, quien le aseguró su inocencia y a la de otros prelados que lo respaldaban que a las acusaciones. Por haber vivido en la Polonia comunista, Juan Pablo II pudo vivir los ataques de este régimen en contra de la Iglesia, que se dirigían primordialmente a los obispos y empleaban denuncias anónimas falsas sobre conductas sexuales inmorales con hombres y mujeres. Es probable, de acuerdo al informe (yo coincido), que este antecedente haya predispuesto al Papa a restar credibilidad a las denuncias no sólo contra McCarrick sino contra otros clérigos de alto perfil.

[1] Reporte sobre el conocimiento institucional y toma de decisiones de la Santa Sede relacionados con el ex cardenal Theodore Edgar McCarrick (1930-2017). Secretaría de Estado Vaticano, Ciudad del Vaticano, 10 de noviembre de 2020. Disponible públicamente. [2] Portillo Trevizo, Daniel. Psico-teología del discernimiento vocacional, Universidad Pontificia de México, Buena Prensa, México, 2017. P. 67-69 [3] What Cardinal Hickey—and Cardinal O’Connor and the nuncio and several other bishops who received reports—seemed unable to imagine is that McCarrick could be a devoted, talented, pastorally energetic churchman and at the same time still be guilty of preying on vulnerable people in his care. His success within the system of clerical incentives and values insulated him from any serious concern that his victims were telling the truth about how he had harmed them. Traducción propia. America, The Jesuit review magazine, recuperado de: https://www.americamagazine.org/faith/2020/11/12/mccarrick-report-clericalism-sexual-abuse-catholic-church el 17 de noviembre de 2020

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