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  • Adrián Rodríguez Alcocer

Mejor no te cases

Conozco un matrimonio al que le tengo especial admiración (no creo que ellos sepan cuánta). Conocí primero a la esposa, antes de que se casara, pero ya con una niña. Esto era llamativo porque en muchos ambientes tradicionales de nuestro país el embarazo suele generar bodas (no siempre matrimonios) fruto de la presión social y familiar. Después, poco a poco, puede conocer tanto a su novio –hoy esposo- como partes de la historia. Supe que sus familias recibieron la noticia con acogida, sin presiones ni intención de producir una boda de apariencia, sino de cuidar el bienestar del bebé (que fue una niña preciosa) y de sus jóvenes papás. De novios, los recuerdo cercanos, cariñosos, divertidos. A él lo recuerdo siempre cerca de su hija y esforzándose para hacerse cargo ella. No recuerdo exactamente cuánto tiempo pasó, pero finalmente se casaron, cuando estuvieron listos como pareja para ello. Hoy tienen ya tres hijos y siempre que me encuentro con ellos percibo alegría, amor, hogar. Percibo una familia normal y feliz. Puedo decir, con bastante certeza, que han hecho las cosas bien.


En contraposición a esa historia conozco muchas otras, algunas de clientes en procesos de nulidad, de embarazos que desembocaron en bodas por presión, en apariencias de matrimonio que miraban más a dar una imagen que a velar por bien genuino, incluso espiritual, del hijo y sus papás. Como dice Jesús: “Dejando de lado el precepto de Dios, se aferran a la tradición [1] de los hombres” (Mc 7, 8)



"Si percibo que los novios están siendo presionados para casarse, yo no los caso. Por eso, el mismo rito incluye esta pregunta. Es importante que la puedan responder con verdad." - Fue el comentario del P. Brian Coe, un amigo sacerdote con quien comenté este artículo (las imágenes son de él).

No es mi intención juzgar a las personas “productoras de bodas”, estoy seguro que, en la gran mayoría de los casos no son del todo consientes que están dando más preponderancia a las expectativas sociales (que pesan mucho) que al amor por quien se ha equivocado. En realidad, me atrevería a poner sobre la mesa que muchos de nosotros hemos sido también “productores” de esas bodas. No directamente, quizás, pero sí hemos contribuido a generar ambientes pesados, de juicio, de rechazo, de animadversión y condena a quienes se han equivocado y han hecho algo objetivamente desordenado. Esos ambientes los conocemos todos, y creo que, si no todos, muchos hemos participado de esas comidillas a costa de los hermanos. No dimensionamos el dolor que provocamos, ni el terrible mal que podemos hacer al acorralar a los hermanos y literalmente condenarlos a una vida forzada, disfrazada de matrimonio, para la que probablemente no estén listos.


Para que un matrimonio exista (ya no digamos funcione) es necesario que los contrayente verdaderamente quieran y puedan casarse, y que otorguen su consentimiento de manera libre y en la forma que prescribe la Iglesia, de lo contrario solamente existirá una ceremonia con apariencia de boda, sin que lleguen a estar verdaderamente casados.


Poner los ojos en la ley por la ley y no en las personas hace que los remedios nos salgan más caros que la enfermedad, sobre todo porque en realidad no son remedios. Si existe un embarazo fuera del matrimonio, un acto inmoral ya se cometió y no va a desaparecer por el simulacro de una boda. La protección de los hijos nacidos fuera del matrimonio le corresponde al derecho civil, que ofrece una serie de instituciones jurídicas diseñadas para ello, y no al matrimonio religioso. Además, esos hijos estarán mucho mejor en una familia extensa que los recibe con alegría y no como causa de vergüenza. No existe justificación desde la fe para forzar a alguien a casarse, sin importar la causa. Y, lo más importante, si el matrimonio no es elegido libremente por la voluntad de los contrayentes, no es un matrimonio. Hay una apariencia que, en muchos casos, sólo producirá dolor y dificultades a los involucrados. Para casarse hay que quererlo, y si alguien no quiere, no tengo duda que el consejo indicado es “mejor no te cases” (o, al menos, no todavía).


[1] Tradición en su sentido amplio, no como precepto, Tradición o costumbre reiterada de la Iglesia. Forzar el matrimonio por causas sociales o supuestamente religiosas es completamente contrario a la enseñanza y práctica legítima de la Iglesia.

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