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  • Foto del escritorAdrián Rodríguez Alcocer

El milagro de la adopción

El 8 de noviembre en mi familia se conmemora un milagro: la llegada de nuestra primera hija, después de un largo proceso de 2 años y medio. Mi esposa y yo somos sus papás por adopción y con su llegada vivimos el regalo más grande que Dios nos ha dado hasta ahora. Digo que es un milagro porque fue difícil llegar hasta ahí… desde antes de iniciar el proceso pasamos momentos de desesperación, de frustración, de grandes dudas, pasamos por el duelo que produce la infertilidad biológica y todos los efectos que eso puede causar a una pareja. Me parece que es la crisis más grave que hemos enfrentado como matrimonio. Nos exigió mucho, y nos obligó a conocernos mejor y a encontrar y poner en práctica tantas herramientas como pudimos encontrar, siendo uno fuerte para el otro en un momento, para al siguiente invertir los papeles y sostenernos mutuamente. Eso en sí mismo, sobre todo visto ya en retrospectiva, fue el primer gran regalo que precedió al milagro: la certeza de que nuestro matrimonio es lo más importante. Cuidar primero de ese don sacramental que es nuestra vocación encarnada uno en el otro, y a partir del cual Dios derrama en nosotros sus bendiciones.


Hay mucho que contar de lo que recorrimos para convertirnos en papás por adopción, pero basta con decir que el duelo de infertilidad biológica nos llevó a un camino de discernimiento para descubrir qué quería Dios de nosotros. No voy a negar que hubo momentos de duda, en los que era necesario un esfuerzo para recordar que Dios es bueno y que nunca se contradice, y que, como dice un amigo adorador, Él no cumple todos tus sueños, pero siempre cumple sus promesas. Y la fecundidad de nuestro amor conyugal gozaba, desde que nos casamos, de la garantía de su promesa.


Hubo algunas claves, algunas luces muy claras que recibimos a lo largo del camino, desde que comenzamos a plantearnos la posibilidad de adoptar, hasta que ya estábamos avanzados en el proceso de adopción. Hoy, vistas hacia atrás, tienen una coherencia perfecta y se adhieren, al menos en mi caso, a esa pedagogía de Dios con la que me ha ido marcando el camino toda mi vida, cuando he estado dispuesto a escucharlo. La primera fue la que dije al inicio, el ponernos a nuestro matrimonio primero y después a todo lo demás. La segunda, que llegó de la boca de unos amigos queridísimos, también papás por adopción, me parece no menos inspirada por el Espíritu Santo. Para ellos, que también vivieron el duelo de la infertilidad biológica, la adopción no llegó después de agotar otras posibilidades, fue una elección que hoy les permite mirar a sus hijos a los ojos y decirles “no fueron nuestra última opción”. Nos dimos cuenta que eso queríamos nosotros. Queríamos ordenar nuestro corazón para que al llegar nuestro hijo o hija pudiéramos decirle: te buscamos, te elegimos aún sin conocerte, y te esperamos hasta que llegaste a nosotros.


Otra luz llegó viendo una serie en medio de la pandemia, cuando no había mucho más que hacer para pasar el tiempo. Un capítulo me hizo darme cuenta que nuestro hogar estaba lleno de amor, de un amor que se desbordaba, y que estaba listo para entregárselo a quien Dios quisiera para nosotros. Una idea muy semejante llegó esta vez de la voz de una consejera espiritual que ha jugado un papel importante en nuestra historia, en medio de un retiro y oraciones de sanación e intercesión: Dios está preparando ese hogar lleno de amor para una misión distinta, porque quiere que derramen ese amor en quien Él eligió para ustedes.


Para nosotros, la adopción es nuestra vocación dentro de la vocación al matrimonio, y como toda vocación, es un milagro. Algo vio en nosotros Dios que quiso regalarnos una cruz hecha a nuestra medida, en la que tendríamos que morir a nosotros, a nuestras ideas preconcebidas, a nuestros planes y a nuestros egoísmos. Pero una vez rendidos en la Cruz y con el corazón traspasado, a imagen suya, de esa cruz resurgió la vida en abundancia. Otra amiga adoradora dice en una parte de una canción: de la herida nace el don, y así fue justamente.


Nuestra hija fue esperada con ansia por nosotros, por nuestras familias, por nuestros amigos, y fue recibida como me imagino que los pastores recibieron al niño Jesús en Navidad. De hecho, mi papá hizo esa comparación en un momento. Para nosotros fue también una Navidad en chiquito, el milagro de llegada de quien había sido prometida. La recibimos como San José, también papá por adopción y quien yo creo que sería el primero en darnos la razón en llamar a la adopción un milagro.


Las sentencias de adopción tienen como efecto anular la filiación originaria del adoptado y crear una nueva entre éste y los adoptantes, y una vez hecho esto, el adoptado se convierte ante la Ley en un hijo sin ninguna diferencia con los hijos biológicos. Algo así pasa también en el Cielo, pero desde antes. Dios crea una filiación distinta y hace que unos papás y unos hijos se hagan familia en su corazón. Por eso nuestra hija no es carne de nuestra carne ni sangre de nuestra sangre, pero sí es alma de nuestra alma y corazón de nuestro corazón.


Como nota al margen, hoy, día internacional de la adopción, quiero enviar un enorme abrazo a todas las personas e instituciones que trabajan por lograr estos milagros, por crear una cultura de la adopción. En especial a VIFAC, que fue la primera casa de nuestra bebé.

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1 Kommentar


Claudia Orozco
Claudia Orozco
10. Nov. 2023

Qué precioso testimonio. Dios bendiga su familia.

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